Tras el signo de gato

Además de ser un emblema de la era digital, el “signo de gato” o “#” ha tenido muchas vidas. Desde su temprana relación con la tecnología hasta la síntesis lingüística que lo viralizó en internet, aquí te contamos su historia.

En los prehistóricos días antes de la internet, el “avistamiento” común del símbolo, usualmente conocido como “signo de número”, se daba en el teclado telefónico. Así, en España lo llaman “almohadilla” o “cuadradillo”, en Argentina se conoce como “numeral”. En Brasil le dicen velha (o “vieja”), en honor al jogo da velha, un juego semejante al ”tres en raya”; este es el mismo orígen del nombre usado en México, “signo de gato”; el “gato” chileno y el “michi”, popular en Perú. 

Gatos antiguos

El “signo de gato” data de la antigua Roma, donde la unidad métrica libra pondo (o “libra de peso”) se abreviaba como una “lb” cruzada en la parte superior por una línea horizontal, indicando que se trataba de una contracción y evitando confundir la “l” con el numeral 1. Con el tiempo, el término libra pondo dio nombre a la unidad pound, así se conoce hoy al símbolo # en los Estados Unidos.

A la derecha, el símbolo de la libra pondo. A la izquierda, el signo escrito por Isaac Newton. (Imagen cortesía del New Yorker).

A medida que los escribas comenzaron a trazarlo cada vez más rápido, “lb” se transformó en nuestro “signo de gato”. Su popularización se la debemos en parte a Isaac Newton, que en sus tratados lo ocupaba tantas veces que obligó a los impresores de la época a incluirlo en sus prensas. Para 1853, el libro An Elementary Treatise on Book-keeping by Single and Double Entry lo manejaba ya como un símbolo común para señalar cifras.

Gatos tecnológicos

A principios de los años 60 llegó el teléfono de tonos. Al usar botones en lugar de una rueda giratoria se requería un nuevo acomodo de los números, y Bell Laboratories, subsidiaria de AT&T, experimentó con diversos diseños.

El acomodo final perdura hasta hoy: los números del 1 al 9 ordenados en una cuadrícula de 3×3, y el cero en la parte inferior central, flanqueado por dos “claves”: el asterisco, al que llamaron “sextile”, y otro —nuestro “signo de gato”— que provenía de los lenguajes de programación y fue nombrado octothorp, con el “octo” refiriendo a las ocho líneas que sobresalen del signo, y “therp”, según se cuenta, en honor al deportista Jim Thorpe.

Una publicación de 1999 de la revista Encore, hablando sobre la introducción del “signo del gato” a los teléfonos con teclado. (Imagen cortesía de Gizmodo).
Gatos internautas

Incluso en los días tempranos de internet era común encontrarse con el signo de gato: a finales de los 80, en los canales de Internet Relay Chat (o IRC) representaba las “salas” de conversación.

Su metamorfosis al hoy omnipresente hashtag fue inspirada por el acomodo del IRC. En 2007, uno de los primeros usuarios de Twitter, Chris Messina, propuso utilizarlo para llevar una clasificación de las conversaciones relacionadas con un evento próximo sobre tecnología e internet.

La idea no fue bien recibida por Twitter, pues alegaban que un sistema como ese “era para nerds” y que no sería adoptado ampliamente. Sin embargo, en octubre de ese mismo año, el programador Nate Ritter ocupó la red para informar de los devastadores incendios forestales de San Diego; la información llegaba de manera tan vertiginosa que Messina le propuso utilizar el #SanDiegoFire que ya se estaba usando en la red Flickr por usuarios que compartían sus fotos del incendio. 

Ritter accedió, y durante días dio cobertura al siniestro, probando a Twitter que el sistema funcionaba. Para 2009 la popularidad de los hashtags (nombrados así por el hash inglés con que en el Reino Unido se nombra al signo, y el tag, o “etiqueta”) era tal, que Twitter decidió adoptarlos oficialmente, iniciando una tendencia que cambió no solo la manera en que organizamos y consumimos la información, sino que nos permite transicionar de las ideas al movimiento, de las historias individuales a las protestas masivas, de las experiencias solitarias a la memoria colectiva. 

 

Lenguaje inclusivo: ¿una lucha por la visibilidad?

Si eres fan de las redes sociales, seguramente te has dado cuenta de que en los últimos tiempos han aparecido con más frecuencia palabras como: todes, nosotrxs, ellxs, etc. Se trata del llamado “lenguaje inclusivo”, una práctica que cada día consigue más seguidores —sobre todo entre los grupos feministas y LGBT+—, pero ¿cuáles son los orígenes de este lenguaje?

Orígenes

Aunque pareciera que es algo actual, sus inicios se remontan a los años setenta del siglo XX, cuando el feminismo se planteó por primera vez que en la lengua castellana se daba poca importancia al género femenino, mientras que la mayoría de las referencias estaban dirigidas a lo masculino. Esto sigue ocurriendo hoy en día, seguramente has acudido a una junta de “padres” de familia en donde la mayoría son “mamás” o conocido asociaciones de “jueces” integradas en mayor medida por mujeres.

Delia Suardíaz fue la primera en estudiar esta problemática en su tesis de maestría: Sexism in the spanish language (1973), donde descubrió que el lenguaje incluso degrada a las mujeres y expuso la necesidad de un cambio lingüístico. Para muestra de ello, basta revisar las ediciones anteriores a la 23ª del Diccionario de la Lengua Española (2014), en las que todavía se asociaban las palabras “débil” y “endeble” a lo femenino.

¿Débil? (Tomada de: Anuario de Glotopolítica).

Así que, hasta la fecha, algunos grupos de personas siguen inconformes con la forma en que la Academia se dirige o representa al género en sus definiciones y buscan una nueva manera de expresar su discurso e identidad.

¿Diversxs?

Aunque en un inicio el lenguaje inclusivo buscaba únicamente la visibilidad de las mujeres, ahora se ha extendido a las personas de la diversidad sexual y a los aliados de esta. Aquí, nombrar dos sexos no basta; de acuerdo con las ideas de la crítica queer, es imposible reducir a dos categorías la multiplicidad del género que podemos habitar o con el que nos podemos identificar.

De modo que el uso de la “x” y la “e” surgen como una nueva manera de inclusión para las personas diversas. Más allá de ser formas neutras del lenguaje, se trata de mostrar la indecibilidad del género.

Diversidad. (Tomada de: Anuario de Glotopolítica).

A diferencia de la “x”, la “e” no solo se puede utilizar en la escritura, sino también en la oralidad. Se volvió popular a partir del 2018, en un debate político que buscaba la despenalización del aborto en Argentina, donde su uso fue autorizado para tareas y trabajos de algunos colegios, así como en los juzgados.

En varios países de habla hispana aún existe un debate sobre la aceptación o rechazo del lenguaje inclusivo entre grupos impulsores de este y miembros de las instituciones de la lengua española. A pesar de que ambos tienen argumentos interesantes, lo cierto es que dicha búsqueda de aceptación del lenguaje inclusivo habla de un cambio de ideas en la sociedad y de una lucha de mujeres, personas de la comunidad LGBT+ y aliados, por una visibilidad e inclusión.

Storydoing: no me lo cuentes, muéstralo

Es bien sabido que una imagen vale más que mil palabras, pero una acción es aún más contundente. Por eso, más allá de ser la buzzword de moda en mercadotecnia, el storydoing propone una visión más activa, honesta y concreta para crear una identificación con los consumidores al momento de contar la historia de nuestra marca. 

Proclamar la “muerte” de la narrativa sería absurdo, pues es la esencia misma del entendimiento humano: estamos biológicamente programados para contar historias. Sin embargo, si alguien puede ser señalado culpable de matar la credibilidad del storytelling en el medio publicitario, es la corta mira de las empresas que han convertido la narración en una receta con instrucciones: de tan genéricas, se han vuelto clichés. 

Dead Poets Society (1989. Fuente: Caninomag.
Adiós al storytelling 

Ya desde 2013, el crítico de cine Richard Brody, juzgando las limitantes que las narrativas prefabricadas pueden ocasionar, decía: “La historia es el equivalente a una melodía musical o un marco arquitectónico: es la base, no una meta; un elemento que puede ser encantadoramente memorable o ingeniosamente concebido, pero que es simplemente un punto de partida para una obra significativa, no un resultado”.

En otras palabras: para cualquier empresa es crucial tener una identidad, y aunque el primer paso para lograrlo es entender cuál es su historia, esa es solo la base de la melodía. 

La narración de una marca es su carta de presentación ante el mundo, una afirmación de su existencia y vocación: quién es, qué valora, por qué existe, cómo desea mejorar el mundo. Bien cimentada, puede impulsar el crecimiento, generar lealtad e incrementar la confianza de los compradores, pero es en el camino del autoconocimiento donde muchas marcas han caído en malas prácticas, por ejemplo:

  • Presentar una historia inconsistentes con sus métodos o productos.
  • Prometer algo que no pueden cumplir.
  • No entender quién es su audiencia y qué busca.
  • No establecer un propósito más allá de la venta.
  • No prever las maneras en que sus mensajes pueden ser mal entendidos.
  • Contar una historia que se queda en palabras y no permea en acciones concretas.

Es aquí donde surge el storydoing como una evolución del storytelling: ya no bastan las palabras vacías, se necesitan acciones concretas, innovadoras y que dejen una huella profunda en el mundo. 

Storytelling. Fuente: Pinterest.
Las señales del buen storydoing.

Según Ty Montague, autor de True Story: How to Combine Story and Action to Transform Your Business, una marca que tiene un storydoing efectivo puede reconocerse porque:

  • Tiene una historia.
  • La historia trata sobre una ambición mayúscula que busca mejorar el mundo o la vida de las personas.
  • La historia es entendida y cultivada por los responsables del liderazgo de la marca, más allá del área de marketing.
  • La historia se está utilizando para impulsar acciones tangibles en toda la empresa, desde el desarrollo de productos, las políticas de recursos humanos, compensaciones, etc.
  • Las acciones se suman para lograr un “todo” coherente.
  • Los clientes y socios se sienten motivados para involucrarse con la historia y la utilizan activamente para promover sus propias historias. 

Para tener un lugar en el mercado moderno, las marcas necesitan definir un “gran propósito” que guíe su modelo de negocio, y trabajar por alcanzarlo con acciones definidas. Aquí entra el concepto de la responsabilidad social corporativa, que se plantea desde un marco con miras a resultados sociales, ambientales y financieros específicos, además debe ser relevante, responsable, sostenible y ético. 

Just Mercy (2019) Warner Bros.
Datos comprobados 

Los resultados hablan por sí solos: el informe Consulting Purpose 2020 de Kantar encontró que las marcas reconocidas por tener un alto compromiso con su propósito han experimentado un aumento de valoración del 175% en los últimos 12 años, en comparación con la tasa de crecimiento promedio de solo 86%.

Este es un gran momento para tomar una pausa y pensar cómo quieres que tu empresa, sin importar su tamaño, impacte al mundo. ¿Cómo puedes mejorar el día a día de tus clientes? ¿Qué soluciones innovadoras para el ambiente puedes ofrecer? ¿Qué modelo de negocios quieres generar para aumentar la calidad de vida de tus empleados, de tu comunidad entera? Ya sea que estés en proceso de descubrir tu gran propósito o que tengas un camino definido, nosotros podemos ayudarte a hacerlo realidad: no solo nos apasionan las historias, sino la gente que vive y sueña detrás de ellas.

Dear Data: los datos y estadísticas también cuentan historias (Parte II)

Humanismo de los datos

Detrás de cada dato, hay una historia y cuando hablamos de información,  es un error común pensar que la gran escala de la Big Data es la única que cuenta. Para poder alcanzar su potencial y exigir un uso más ético y justo de nuestros datos personales, necesitamos entender su poder, sus posibles sesgos y repensar nuestra relación con la información que nosotros mismos consumimos y producimos.

El primer paso viene con la personalización y la recontextualización del diseño, es decir, presentar los datos de una forma más honesta, accesible y comprensible.

En una entrevista con The New Yorker, Georgia Lupi reflexiona sobre quién controla realmente los datos, y cómo (o por qué) se elige mostrarlos de determinada manera; por ejemplo, si los términos de servicio de Apple fueran más intuitivos, mejor diseñados, ¿los leeríamos? ¿No sería una mejor práctica tener pequeñas visualizaciones entre el inentendible muro de texto, que nos vayan guiando a través del laberinto legal que estamos aceptando sin entender?

El enfoque meramente técnico y neutral puede parecer factual y objetivo, pero además de resultar frío e incluso aburrido, puede engañar o malinterpretarse fácilmente.

Historias y patrones (no tan) ocultos

Otro ejemplo concreto de un uso más humanístico de los datos es la colaboración  de Lupi con la marca de moda & Other Stories, convirtiendo las visualizaciones de datos en historias que se visten: los logros y vidas de Ada Lovelace, Rachel Carson y Mae Jemison, tres pioneras de la ciencia, fueron recopilados e interpretados en los patrones gráficos de las telas mediante una serie de elementos gráficos simples: formas, colores, líneas.

Un lugar común —e inefectivo— del que Lupi huye es la simplificación: viendo la complejidad como una característica inherente de nuestra existencia, la información se puede combinar de infinitas formas. Si el objetivo de la visualización de datos es el de presentar nuevos conocimientos, nuevas formas de ver y nuevas lineas de pensamiento interconectadas y reveladoras, un cierto nivel de complejidad visual puede ser una gran oportunidad.

The Life Cycle of Ideas, Popular Science magazine, Mayo 2014. Derechos de imagen: Accurat
The Life Cycle of Ideas, Popular Science magazine, Mayo 2014. Derechos de imagen: Accurat

Uno de los mejores ejemplos es la colaboración del estudio de diseño de Lupi, Accurat, con el periódico más grande de Italia, Corriere Della Sera, donde su tarea fue concebir narrativas visuales, basadas en datos, que lograran la misma profundidad los textos publicados en el suplemento.

Ocupando la técnica narrativa llamada “narración no lineal”, cada semana eligieron un tema y basándose en diversas fuentes de datos —tanto cuantitativos como cualitativos— moldearon la información para ofrecer un conocimiento interconectado. Los lectores comenzaban en el punto de partida propuesto y seguían su propia curiosidad en las múltiples líneas narrativas que componen la historia, interactuando a su paso con las diversas capas de complejidad que el tema ofrece, adquiriendo un panorama mucho más enriquecedor e íntimo en el proceso.

A century of world ending, publicado originalmente en Corriere Speciale, 2012 Derechos de imagen: Accurat
A century of world ending, publicado originalmente en Corriere Speciale, 2012 Derechos de imagen: Accurat

Reeducar nuestra atención para cambiar nuestros hábitos

Lupi es constante en su hincapié sobre la importancia de no temer a las narrativas densas y poco convencionales que promueven la lentitud y demandan la total atención del lector, algo particularmente necesario en una época donde los medios promueven periodos de atención cada vez más cortos.

Si bien las aproximaciones complejas requieren reeducar la lectura, al encontrar valor real en la información, el lector estará dispuesto a comprometerse con un consumo cuidadoso que recompensa con una reflexión más profunda.

Reporte Audubon 2013, portada. Derechos de imagen: Accurat
Reporte Audubon 2013, portada. Derechos de imagen: Accurat
Reporte Audubon 2013: Protegiendo los lugares cruciales para las aves
Reporte Audubon 2013: Protegiendo los lugares cruciales para las aves

Si se contextualizan adecuadamente,  los datos pueden ser una herramienta increíblemente poderosa para lograr narrativas más significativas, y su poder no es menor cuando se trata de un enfoque personal.

Esto es algo que Dear Data ya había demostrado con anterioridad y que, en una aproximación más interactiva, se profundiza en Observe, Collect, Draw!: A Visual Journal, un diario de arte que nos pide evaluar los mínimos detalles de nuestra rutina diaria con la observación y disciplina de un diseñador de información, y la capacidad de asombro y juego de un artista.

Pie: Los datos pueden encontrarse en cualquier cosa, en cualquier lugar. Fuente:@deardatapostbox
Pie: Los datos pueden encontrarse en cualquier cosa, en cualquier lugar. Fuente:@deardatapostbox

Los datos, siempre, representan la vida real. Dibujar con ellos —Lupi huye de la tecnología digital en las primeras etapas de su proceso—, aun si no se tienen grandes habilidades artísticas, entrena la capacidad de sintetizar visualmente lo que se piensa, enseña a encontrar nuevas formas de ver los problemas y ayuda a explorar más libremente las posibilidades, permitiéndonos detectar patrones antes ocultos y entender, preservar, apreciar o incluso modificar quiénes somos a través de las historias que nuestras propias vidas cuentan.

Instañam: comida, fotos y food porn

Instagram llegó en 2010 para revolucionar no solo el mundo de las redes sociales, sino el panorama de la publicidad, la tecnología móvil y la manera en que las personas interactúan con el mundo. En términos marqueteros, Instagram fue un disruptor que transformó por completo el acontecer cultural del planeta, incluso más que Facebook en su momento. Somos animales visuales, después de todo, y no hay nada más visual que una cadena de vívidas imágenes (y videos, posteriormente) narrando la vida y obra de una persona común y corriente, el cual de pronto se convierte en el protagonista y estrella de su propia historia, con likes (corazoncitos) como principal muestra de aprobación y admiración.

Como suele ser el caso en este tipo de innovaciones tecnológicas, Instagram comenzó su vida como algo completamente distinto; una plataforma más parecida a una cruza entre Facebook y Foursquare con elementos de gamificación. Sin embargo, el potencial de su aspecto fotográfico prevaleció y fue entonces que sus cocreadores Kevin Systrom y Michel Krieger decidieron rehacer todo y lanzar la app tal y como la conocemos ahora, convirtiéndose en la aplicación de fotografía más popular de la App Store a las pocas horas de su debut, y consiguiendo un millón de usuarios en menos de dos meses.

Hoy en día, Instagram es una auténtica herramienta de comunicación masiva con más de mil millones de usuarios mensuales activos, compartiendo 500 millones de “historias” diariamente… una gran parte de ellas con un suculento platillo como principal atractivo. De hecho, y de acuerdo con un estudio de YPulse, 63% de personas en el rango de 13 a 32 años dicen haber publicado al menos una imagen de su comida en alguna plataforma social, siendo Instagram la más popular en este sentido.

Y es que el food porn (un término empleado para describir esas imágenes de comida tan bien producidas y seductoras que provocan un deseo —y hambre— incontrolables. Y que, al igual que el porno regular suelen lucir mejor de lo que realmente saben) es ya toda una industria consolidada, de la cual se desprenden los sueldos y lujosos estilos de vida de miles de influencers o foodies cuyo trabajo consiste en ir de restaurante en restaurante tomando fotos o videos de su experiencia y su comida, comiendo gratis y presumiendo a sus seguidores lo cool que es ser ellos.

*Artículo realizado por Paulo Bojalil, de 360° para el blog de Pinche Gringo BBQ.

Foto de entrada por Eaters Collective en Unsplash

Cambridge Analytica, el escándalo que expuso todos los peligros que quizá ya conocíamos de Facebook

Por Mario González / Redactor en 360 para cliente 

 

 

Cambridge Analytica habría recolectado datos de entre 50 y 60 millones de perfiles de Facebook.

El espionaje y la manipulación de las personas a través de la tecnología es un tema que ya había sido puesto en la mesa por personajes como Julian Assange o Edward Snowden, sin embargo, el último escándalo protagonizado por Cambridge Analytica y Facebook parece ir más allá, ya que de alguna manera confirma algo que quizá todos sabíamos, o sospechábamos, pero no queríamos aceptar: la información que compartimos en Facebook es vulnerable, y puede ser utilizada para fines corruptos.

El escándalo de Cambridge Analytica

Comenzó el pasado 17 de marzo, cuando The New York Times y The Guardian dieron a conocer las revelaciones de Christopher Wylie, un científico de datos ex empleado de la compañía que explicó cómo esta empresa habría utilizado la información de 50 o 60 millones de perfiles de Facebook para favorecer la campaña de Donald Trump durante las elecciones del 2016.

De acuerdo con este informe, conocido como The Cambridge Analytica Files, todo comenzó cuando Wylie ingresó a SCL Group, una empresa que tenía una subsidiaria llamada SCL Elections, dirigida por Alexander Nix. La especialización de esta subsidiaria era algo que denominaban como “operaciones psicológicas” (psyops), donde se lograba un “dominio informativo” con base en la difusión de rumores, desinformación y noticias falsas. Dicho modelo habría sido utilizado en 200 procesos electorales pertenecientes a democracias en desarrollo, sin embargo, esto sólo sería la antesala de lo que estaba por ocurrir.

En 2013, Wylie y Nix conocieron a Steve Bannon, editor de Breitbart, un sitio que apoyaba a la llamada derecha alternativa en Estados Unidos. Este, al conocer el impacto de su propuesta, contactó de inmediato al multimillonario Robert Mercer, un partidario y fructífero donante de la campaña republicana. De esta forma surgió Cambridge Analytica, con una inversión de 15 millones de dólares dirigidos a un solo objetivo: usar el “dominio de información” para ayudar a que el partido republicano ganara las elecciones estadounidenses de 2016.

Para lograr el cometido, Wylie necesitaba un medio para obtener millones de datos provenientes de los posibles votantes, por lo que contactó al psicólogo Alexandr Kogan, quien creó una empresa llamada Global Science Research (GSR), donde desarrollaría un test de personalidad para Facebook llamado ThisIsMyDigitalLife. Al utilizarla, la app “pedía permiso” a los usuarios para acceder tanto a sus perfiles como a los de sus contactos, logrando así la captación de 320,000 perfiles nativos, y los de sus amigos, dando como resultado un promedio de entre 50 y 60 millones de perfiles en un periodo de 2 a 3 meses. Sin embargo, los usuarios realmente no estaban autorizando su uso final, ya que la declaración permitía a la empresa utilizar la información exclusivamente para fines académicos.

Pese a ello, Cambridge Analytica diseñó contenidos a la medida para influir en distintos colectivos de personas, creando anuncios personalizados y desarrollando un algoritmo que permitía predecir el comportamiento de otros usuarios de esta red social, lo que podría haber sido fundamental para el triunfo de Donald Trump en los procesos electorales.

Al respecto, Paul Grewal, vicepresidente de Facebook, reconoció en un comunicado que en 2015 supieron que Kogan les mintió y violó las políticas de su plataforma, dejando en evidencia que la compañía supo del caso, pero no hicieron nada al respecto. Después del escándalo, Facebook suspendió la cuenta de Cambridge Analytica y bloqueó el acceso de Wylie y Kogan a su red social, además de emitir un comunicado donde reafirmaban el compromiso de cuidar la información de sus usuarios, sin embargo, el caso podría afectar gravemente a la compañía de Zuckerberg, ya que un día después de haberse dado a conocer esta información, sus acciones tuvieron una caída cercana al 7% en Wall Street.

Hasta el momento, Cambridge Analytica afirma que la obtención de información fue de manera legítima, y Facebook ha reiterado su compromiso con la privacidad, pero pareciera ser que la reflexión final no está del lado empresarial, sino personal, ya que como lo mencionamos en un inicio, la vulnerabilidad de nuestra información no solo en Facebook, sino en toda la web,  es algo que “todos conocemos”, pero quizá ha llegado el momento de ser más conscientes respecto a su valor y a la responsabilidad que debemos tener al exponerla, ya que su uso podría definir no solo el siguiente anuncio o contenido que aparezca en nuestro perfil, sino posiblemente el futuro socio-político de todo un país.

 

Imagen vía Axios: Logo of ‘Cambridge Analytica’ is seen on the screen of an iPhone. Foto: Chesnot/Getty Images.

Todos somos figuras públicas, ¿cuál es tu excusa?

Según el último estudio realizado por la AMIPCI en abril de 2015 sobre los hábitos del internauta Mexicano, “el acceso a redes sociales ya es la principal actividad online, por encima de enviar/recibir mails, aunque es para un uso mayoritariamente de ocio”, con un 85%. De ahí para 82% de los encuestados tener un smartphone es “muy importante”.

“9 de cada 10 internautas usan redes sociales, principalmente, para comunicarse con sus amigos, seguido del querer estar informado (que ha aumentado significativamente este 2015). La red social por excelencia es Facebook. Twitter e Instagram ganan relevancia en el móvil”.

Si a lo anterior le sumamos una nota que he leído recientemente en el Washington Post, entonces todo tendrá sentido a continuación y justificará el título de esta nota.

Cuando una persona decide abrir un perfil en cualquier red social debería estar consciente de que en ese momento – a reserva de que aplique filtros de privacidad y restricciones – cualquier cosa que publique, foto que comparta o video que suba será público. Y con un gran poder, viene una gran responsabilidad, eso lo sabe el Hombre Araña y también deberían saberlo todos los habitantes de este planeta con un smartphone, acceso a internet y redes sociales.

Carter Reynolds es un chico “común y corriente” de 19 años que vive en Los Ángeles. En su cuenta de Twitter tiene 2.41 millones de seguidores; y en Vine 4.3 millones con alrededor de 770,659,525 loops. Es una súper estrella de las redes sociales por subir videos de 6 segundos. Tiene una legión de adolescentes fanáticas que le siguen a todas partes y que por supuesto, quisieran ser parte del universo del joven Carter Reynolds.

carter-reynolds-shirtless

En junio pasado se “filtró” a través de las redes un video en el que Carter obligaba a su novia menor de edad Maggie Lindermann a tener ciertas prácticas sexuales con él, incluso cuando ella se rehusaba a hacerlo y se sentía incómoda. Carter está enfrentando acusaciones por violación, además de que los medios especulan sobre el final de su carrera en Vine, lo cual creo que no sucederá.

Sin embargo, más allá de lo que ocurra con Carter -que por cierto ya no es novio de Maggie-, su fama y fortuna deben estarse sobre poniendo ante el escándalo que lo tiene en titulares de prácticamente todos los medios, incluyendo el Washington Post; acompañado de unos 7.4 millones de seguidores en SoundCloud en donde además canta, bueno, hace hip-hop.

Entonces, todos somos figuras públicas, sin importar la edad, todos tenemos el poder de grabar videos de 6 segundos haciendo cosas divertidas, tontas, obscenas y nadie puede decirnos que no, nadie puede restringir lo que hacemos, nadie puede dictarnos reglas de comportamiento… somos libres allá arriba de hacer lo que nos venga en gana. Podemos pasar de ser completos desconocidos a estrellas de las redes sociales y conseguir casi cualquier cosa. Los números de seguidores se han convertido en una nueva droga virtual, hay que tener muchos, hay que tenerlos a todos, hay que alimentarlos, procurarlos, entregarles contenido y más contenido no importa cuál sea la calidad. Es como un circo romano digital.

Por tanto no debería de haber quejas ni reclamos ni arrepentimientos ni siquiera sentir un poquito de vergüenza, porque una vez que decides dar clic en enviar, será cuestión de segundos para que ese mensaje, fotografía o video inteligente o estúpido sea visto por lo menos por un par de personas ajenas a uno. El concepto inicial de las redes sociales basado en compartir con amigos, hoy en día se ha dinamizado todo es exponencial.

Qué más da lo que alguien publicó en Twitter, a los dos segundos habrá algo más interesante que viralizar, alguien más a quien criticar o dejar expuesto. ¿Cuál es tu excusa?