Mis recomendaciones según Netflix: 5 películas

Al igual que en el post anterior, las recomendaciones que enlisto a continuación son parte de mi sección “Continúa viendo contenido de…”, es decir, películas que ya vi y que aparecerán por orden más reciente de visualización. A ver si alguna les llena el ojito. Debo advertir: hay de todo; yo, como casi todos los seres humanos que hacemos uso de este servicio, dependo de mi humor para ver una u otra cosa. Así que eso ocasiona el eclecticismo de mi selección. Aquí va:

 

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1. Backstreet Boys: Show’Em What You’re Made Of.  Obvio ésta es un must para cualquier fan. Así que si no lo eres o si no te interesa el fenómeno “fan from hell” de finales de los 90 y principios de los 2000, quizá no sea la película indicada para ti. Y también, tal vez mi punto de vista no sea tan imparcial, pero creo que está bien realizada, y no abusa de la cursilería y el melodrama, como pudiera parecer. Las cosas como son. Está bien, un documental que se apega a la realidad y a lo que fue el grupo. Y da a conocer hechos de los cuales hasta ahora nadie había hablado, lo cual habla de su autenticidad. Por cierto, la he visto dos veces. Puntuación de los usuarios: cuatro estrellitas y media.

 

2. Tyler Perry’s Good Deeds. Esta película la vi creo un domingo que no tenía demasiadas cosas importantes que hacer, pero por partes. Porque tampoco es que no tuviera nada qué hacer. Ja. En fin. Good Deeds es eso, una película dominguera. La sinopsis me llamó la atención porque no tenía ganas de nada muy denso, así que opté por ella: un hombre adinerado que tiene la vida resuelta, a punto de casarse, no cuenta con que se encontrará con una mujer de clase baja de la que se enamorará y a partir de ahí se verá en una encrucijada. La típica historia de Cenicienta. No la iba a poner en la lista, pero debido a la alta calificación que le dieron en Netflix, lo hice. Puntuación de los usuarios: cuatro estrellitas y media.

 

Celebrity Sightings In New York City - March 20, 2014

3. Siempre Alice. La peli por la que Julianne Moore ganó el Oscar a Mejor Actriz. Y como yo soy fácilmente impresionable y altamente sensible, la verdad es que reconozco su gran y conmovedora actuación. Obviamente lloré a moco tendido y me puso a pensar en lo horrible que es el Alzheimer. Ésta sí la recomiendo mucho. Véanla en cuanto puedan. Puntuación de los usuarios: cuatro estrellitas y media.

 

4. El código enigma. Otra con la que lloré a mares. Otra ganadora de los Óscares por Mejor Guión Adaptado. Y justo estoy leyendo que la adaptaron de la biografía de Alan Turing, The Enigma, de Andrew Hodges. Las actuaciones también son magníficas. Benedict Cumberbatch genial en el papel de Turing. Pensar en cómo grandes mentes se ven coartadas por la estupidez ajena me resulta muy triste y difícil de comprender. Por eso lloré. Y por las buenísimas actuaciones, supongo. Véanla. Totalmente. Puntuación de los usuarios: cinco estrellitas.

 

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5. Cómo entrenar a tu dragón 1 y 2

Tenía que poner las dos. Las dos son muy buenas. Tanto la historia como la animación lo son. Asimismo, intereses particulares entran en conflicto con mi objetividad porque cada que veo a Chimuelo, el dragón, pienso en mi gata. Son idénticos. Además, todos los dragones en el universo de estos filmes se comportan como perros o gatos y son adorables. Los amo a todos. Pero no soy la única porque, en general, la saga ha tenido buenas críticas. Y ya Netflix lanzó una serie propia retomándola. Planeo verla muy pronto. Soy su fan.

Puntuación de los usuarios para cada película: cinco estrellitas.

 

Bonus:

Desayuno con diamantes. Un clásico. La tienen que ver porque la tienen que ver, si no lo han hecho. Si sí, vuélvanla a ver. Audrey Hepburn, en su celebérrimo papel de Holly Golightly, y Gato, el gato, son adorables. Lo máximo. Los usuarios le pusieron cuatro estrellitas y un piquito. No les hagan caso. Se merece cinco estrellitas y un gatito. 😉

 

De quinceañeras de 30 años y otras curiosidades II: No es lo mismo fanáticas locas que 15 años después

(continuación de la primera parte)

Sí. Indudablemente el miércoles 24 de junio de 2015 fue un día especial porque fui a un concierto especial: uno que era parte del gran regreso de los Backstreet Boys a México. Y como bien lo dije en el post anterior, salí encantada.

Lo único que hubiera cambiado sería el lugar donde estaba. La verdad es que hasta que no estuve ahí, otra vez, en el mismo recinto que ellos, no pude constatar cuánto deseaba verlos más de cerca. Casi casi como cuando tenía 15. O 16 o 17 o 18.

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Para el caso, han pasado 18 años desde que supe de los chicos por primera vez, cuando tenía 14, y ya había entrado a la prepa. Curioseando en mi tienda de revistas favorita, los vi en la portada de una de esas publicaciones norteamericanas que llamaban mi atención sobre todo y hasta entonces por Leonardo Di Caprio, el galán de Titanic. Ni siquiera eran la foto principal, pues aparecían en una más pequeña junto a una de las orillas. Recuerdo que el nombre del grupo y sus outfits (jerseys de equipos de hockey y pantalones aguados) me llamaron la atención, me parecieron muy originales. Era 1997 y ese verano lo había pasado escuchando a las Spice Girls, por lo que un conjunto de “boys” no me venía nada mal. Recuerdo que desde el primer instante, Nick llamó mi atención y me pareció guapo. Quizá por su parecido con Di Caprio en aquella época. Rubio, ojos azules, cara de niño. Desde entonces, mi pobre madre firmó su sentencia de padecer con una hija adolescente loca y “fan from hell” durante cinco años. Nunca fui fiestera, ni me emborrachaba ni me drogaba, así que supongo que esto fue el sustituto de todas aquellas tentaciones “normales”. Así que sí, ella y un par de tías fueron las que más sufrieron mi obsesión. Yo en cambio, la gocé hasta más no poder.

En ese entonces no se sabía mucho de los chicos en México, así que me dediqué a hurgar en todas las revistas gringas que pude (y a comprarlas, por supuesto) donde los veía: Bop, PopStar!, Tiger Beat, Teen, Seventeen, Teen People, Cosmo girl (superoriginales los nombres, por cierto, pero así fue cómo empecé a aprender inglés)…  Y cómo olvidar el must, Super Pop, que no era gringa, pero sí española; y que aunque llegaba con seis meses de retraso, no me importaba pues siempre, siempre, traía a mis ídolos en la portada. Era incluso lo que pedía cuando alguno de los amigos de mi mamá viajaba a España: la Super Pop del mes. Dios.

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En fin cuando el país se puso al corriente y se empezaron a escuchar en la radio y se escribían artículos acerca de ellos en las publicaciones nacionales, la horda de fans mexicanas no se hizo esperar. Pero para entonces yo ya les llevaba ventaja y, como buena quinceañera temperamental (¿eso no es pleonasmo?) que se precie de serlo, me molestaba que ahora todas se fijaran en los BSB y en mi Nick. Sentía que yo tenía más derecho a ellos (lo que sea que eso signifique); privilegios por antigüedad, supongo.

La primera vez que los vi en vivo estaba superlejos. Más lejos de lo que estuve en el Auditorio Nacional la semana pasada. La primera vez sólo dieron dos o tres conciertos en el Foro Sol de la Ciudad de México. Y ya. Era marzo de 2001 y yo tenía 17 años. Sufrí para comprar los boletos porque, antes, la internet no daba para eso y uno tenía que llamar por teléfono. Obviamente, las líneas estaban saturadísimas. Y cuando por fin logré que me contestaran todos los boletos se habían acabado, excepto los de hasta atrás. Yo quería comprar los de hasta adelante, mis amigas también, mi mamá me había dicho que sí… pero no tuve suerte. Esta vez, pasó algo similar (los boletos para los lugares que quería —en medio— se agotaron rápidamente; claro, esas mismas quinceañeras que me los ganaron en 2001 son las mismas treintañeras que me los ganaron ahora); aunque a decir verdad, tampoco me esforcé mucho porque tampoco me interesaba tanto, como antes, estar en primera fila. O al menos eso era lo que yo pensaba. Y eso que esta vez, sí quedaron boletos disponibles, pero justo ese mismo día, no iba a pagar 1,500 pesos. Mi yo adulto se impuso.

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Las diferencias entre aquella época y ésta son notorias. Los seis (Nick, Brian, Kevin, Howie, AJ y yo) éramos catorce años más jóvenes y la adrenalina se vivía diferente. Se presentaron en un lugar mucho más grande. Las fans (que ahora son treintañeras con responsabilidades, en su mayoría) estaban locas y tenían más energía y más tiempo, como yo, para seguirlos, esperarlos, acosarlos. Me aposté afuera de su hotel durante dos días con la esperanza de que salieran a saludarnos, y con suerte me firmarían autógrafos y recibirían mis regalos. No funcionó. Me quedé un poco descorazonada porque no logré mi cometido, ni en el concierto, ni fuera de él. Pero ahora recuerdo esos momentos con cariño. Sobre todo porque los compartí con mi mamá.

La segunda vez que los vi ha sido la vez que más cerca los he visto. En San Antonio, Texas, unos meses después de que se habían presentado en el Foro Sol. Viajé en un tour con una excompañera de la universidad (sí, ya había entrado a la universidad) y su familia. Esa vez, con toda la adrenalina a lo que daba, los pude medio ver de lejos en sus autobuses y más de cerca en el concierto. Vi también a su protegida de entonces, Krystal Harris, una cantante que pasó sin pena ni gloria, y a la que me tocó ver antes del espectáculo firmando autógrafos. Como llegamos hasta el final (a los autógrafos), el de seguridad ya no nos dejó pasar a formarnos y le pedí que le entregara una bolsa con obsequios para ella y para los chicos. No sé si los recibieron. Me gusta pensar que sí. Los asientos no nos preocupaban tanto porque estaban numerados, y además, el Alamodome no era un lugar como el Foro Sol.

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Las diferencias con respecto a esta vez siguen siendo enormes porque, evocando la época, no puedo creer que haya ido a dos conciertos en un año. Y que en el segundo me acerqué al escenario considerablemente. Además, también los estalqueé en su hotel… sin éxito, pero fue divertido. Ahí conocí a una niña que también los quería ver. Era de Brownsville y entendía un poco el español, pero yo le hablé en inglés. A los únicos que vimos fue a un par de bailarines. O al menos eso creíamos que eran. Lo mejor fue que pude practicar el idioma y me encantaba. Era la primera vez que iba a Estados Unidos y que estaba fuera de México; la verdad es que si no hubiera perdido mi dinero justo el día del concierto, todo hubiera sido maravilloso.

Ya no hago eso de esperar, corretear o perseguir. Fue bueno en su momento, pero esos días ya pasaron. Ya no tengo 14, 15, 16, 17 o 18 años.  Ahora lo único que tengo que hacer para tomarme una foto con ellos es gastar una pequeña fortuna, pero al menos tendré la seguridad de tener más probabilidades de conocerlos que si me quedo apostada frente a su hotel. Por un lado creo que las cosas, si bien son caras, son más fáciles ahora. Con toda la tecnología y las redes sociales a nuestro favor, es incluso más simple lograr que tus estrellas favoritas te manden un saludo, aunque sea como respuesta a un tuit.

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Antes había que comprar revistas y medio rebuscar por la incipiente internet información acerca de ellos, inscribirte a cuanto foro te encontraras, socializar por teléfono, por correo electrónico o por MSN con los demás fans para lograr estar en un club oficial que tuviera derechos por sobre el resto de la fanaticada. Era más complicado dar el gran salto porque todo era mucho más orgánico. Había que trabajar más para llegar al centro de la coraza con la que los protegían. ¿Cómo demostrabas que eras fan? Con toda la parafernalia que adornaba tu cuarto, tus cuadernos, a ti misma: pósters, fotos, carteles, discos normales, sencillos o de colección (por supuesto, cds o cassetes; nada de Spotify o Apple Music), playeras, aretes, anillos, muñequitos, todo, todo, todo lo que se pudiera. Comía, bebía y respiraba Backstreet Boys. Cuando salía, los escuchaba en un discman. (Me acuerdo perfectamente de la fecha exacta del lanzamiento mundial de Millennium, su álbum más exitoso: 18 de mayo de 1999.) Me conectaba a internet mediante una línea telefónica para poder saber lo más reciente y no existían las redes sociales donde ellos pudieran verter una opinión propia y fidedigna: todo eran rumores, siempre. Y una sufría. No se permitía entrar con cámara a los conciertos, así que una se las tenía que ingeniar. Y guardar en la memoria propia, no en la de un celular, todos los momentos vividos y las canciones escuchadas.

Por otro lado, creo que hubiera sido una combinación fatal. No sé si yo como adolescente loca hubiera sobrevivido al exceso de y al fácil acceso a la información que existe ahora. Si de por sí, como “adulta responsable”, a veces me cuesta un poco de trabajo… No quiero pensar qué hubiera pasado si los chicos hubieran tenido cuenta de Twitter o de Instagram entonces…

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Me gusta recordar esos tiempos, eran buenos, fueron buenos, los disfruté y pasé muchos momentos lindos. Conocí mucha gente e hice amistades, gracias a mi fanatismo loco, que hasta la fecha han perdurado. Aprendí mucho, aproveché mi adolescencia como adolescente y no me arrepiento de ello. Al contrario. A pesar de que nunca cumplí entonces mi sueño de conocerlos, abrazarlos y tomarme una foto con ellos.

Sin embargo, ahora tengo todo a mi favor: mi treintena de años me da más experiencia e independencia económica y emocional. Si lo deseo (ahorrando, claro), puedo comprarme un boleto al crucero Backstreet un buen día de estos y así, por fin, cumplir mi sueño de adolescencia. Y no me olvidaré de invitar a mi mamá. 🙂

De quinceañeras de 30 años y otras curiosidades I: Los Backstreet Boys regresan a México

Advertencia: Quizá, como en alguna ocasión anterior, mi opinión no sea muy objetiva, pues debo confesar que esto es un placer particular —y no tan culposo— .

Entonces empiezo. Los últimos tres años pasados las noches de San Juan han estado llenas de sorpresas para mí. Y éste no fue la excepción.

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Hace casi un par de décadas, cuando era una adolescente, estaba irremediablemente obsesionada con la más grande boy-band de esos tiempos: los Backstreet Boys. Sí, era una de tantas. Después, la obsesión se fue diluyendo a medida que yo crecía y que encontraba otros y mayores intereses. Y hace un buen tiempo ya, volví a enterarme de sus vidas, de lo que estaban haciendo; en resumen, tampoco les perdí la pista y siempre supe que, a lo mucho, sólo se tomaron si acaso una pausa de un par de años, pero seguían grabando álbumes y haciendo giras, si bien ya no con el éxito abrumador de antaño. Y que uno de ellos se retiró por más tiempo dejando a la agrupación incompleta, pero viva. Luego, se juntaron por fin los cinco, grabaron lo que ahora es su más reciente álbum y hasta hace unos días se encontraban todavía en una gira alrededor del mundo, la cual duró dos años. El fin de semana del 19 de junio de 2015 regresaron a México. Dieron un total de seis conciertos en el país. El miércoles pasado fui al tercero de ellos. Y la verdad es que sobrepasó mis expectativas.

Y no porque dudara de los chicos, de su música y de todos los recuerdos que me vendrían a la mente al escucharlos, sino que realmente no esperaba que me fuera a emocionar tanto y tan genuinamente. Por supuesto que sabía que eso pasaría, pero no estaba segura a qué grado.

En fin, la emoción no me llegó hasta estando ahí, parada, en casi última fila, y después de que hubieron cantado un par de canciones. Estando ahí, parada, observando las pequeñas figuritas moverse con entusiasmo en el escenario que algún día de 2001 me quedó demasiado, demasiado, lejos (más que ahora), pensé en esto como un encuentro con un viejo amigo con el que hubiera tenido un gran crush en mis años de adolescente.

Backstreet Boys Australian Tour 2015

En primer lugar, el tráfico horrible de esta ciudad a las horas pico y un pequeño retraso nos hicieron llegar tarde al recinto donde se presentaron, por lo que mis acompañantes y yo llegamos cuando el concierto ya había empezado. Ellas, además, se quedaron comprando una botella de agua y yo subí corriendo a nuestros lugares en gayola. Alcancé a escuchar todo el alboroto y, por supuesto, sus voces, por lo que comprendí que me había perdido uno de los momentos más emocionantes de cualquier concierto: el inicio. Esa adrenalina que uno siente al apagarse las luces y saber que el artista va a aparecer en cuanto se vuelvan a prender, rodeado de los ansiados sonidos musicales, es una de las mejores sensaciones del mundo. Por lo mismo, porque me lo había perdido, me molesté, y para comprobar que, efectivamente, fuera cierto, le pregunté a uno de los empleados que si ya había empezado. Pregunta retórica que tenía la esperanza de no serlo. Él dijo: “Es apenas la primera melodía. Faltan veinte”, con una tranquilidad que me incomodó aún más, como del que otorga el premio de consolación. Y yo solamente hice un gesto de fastidio, pues que fueran a cantar veinte más no compensaba el hecho de que me había perdido la introducción, una de mis partes favoritas de cualquier concierto, película, evento en general.

Subí, me equivoqué de puerta, encontré la buena, subí más, me indicaron la fila, me equivoqué, me la volvieron a indicar, pedí permiso. Por fin había llegado. Me había perdido “The Call” y “Don’t Want You Back”. Que seguro empezaron a cantar cuando yo iba apenas caminando al Auditorio Nacional. Pero los tiempos de corretizas locas de quinceañera se acabaron,  y además, francamente, pensé que comenzarían tarde. Luego siguieron con un par de las más nuevas (y desconocidas para muchas), “Incomplete” y “Permanent Stain”: la primera me emociona más o menos, la segunda, nada. Así que seguía medio fastidiada. Fue entonces que se me ocurrió la analogía.

Backstreet Boys "In A World Like This" 2013 Tour - Opening Night

Llegué tarde a la cita con mi amigo al que hacía más de diez años no veía y que solía superfascinarme. Estaba molesta por eso. Él me dijo que me tranquilizara, que no pasaba nada, que lo importante era que estaba ahí. Y eso se materializó en Nick Carter (mi favorito de siempre, el hombre más guapo sobre la faz de la Tierra para mi yo adolescente) diciendo que había tres reglas en el concierto: la primera, que nos volviéramos locas; la segunda que cantáramos mucho hasta estar roncas, y la tercera, que volviéramos a ser unas quinceañeras.

Parecería una futilidad, pero escucharlo me puso de buenas y medio me olvidé de que me había perdido el inicio, así que grité como en mucho tiempo no lo hacía. Entonces empezó lo bueno. Las primeras notas de “As Long As You Love Me” comenzaron a sonar, y fue entonces que obedecí completamente a Carter y volví a tener 15 años otra vez. Y así continué durante los más de 120 minutos que duró el recital del que salí mucho más que satisfecha. Feliz.

(continuará)